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Las cinco responsabilidades familiares

1. La Relación de Pareja:

La familia matrimonial está llamada a cumplir su función básica societaria, a saber, la crianza y educación de sus hijos, partiendo de la ayuda mutua que se deben en cuanto cónyuges a título de derecho, que se ha de manifestar de modo exclusivo en su primera responsabilidad: la relación de pareja. Ésta se ha de mostrar libre y recíproca, implicando de modo habitual la interacción sexual y la apertura a la fecundidad[1]. En efecto, los cónyuges, varón y mujer, han de asumir dicha responsabilidad con sumo respecto y dignidad, pues todo esfuerzo civilizatorio encuentra en su centro la veracidad de su amor, el cual queda expresado en la vida de los hijos que han de nacer a partir de éste. El amor conyugal, en efecto, se hará presente, a su vez, a nivel institucional, frente a ellos mismos y frente a la sociedad[2]. Por tal motivo, varón y mujer, posibles padre y madre, complementarios y vinculados irrenunciablemente a la vida de sus propios hijos[3], representan el fundamento de toda relación social y cultural, la cual ha de ser garantizada y protegida de modo permanente por el entorno sociopolítico que le circunde. De lo contrario, los esfuerzos de la pareja conyugada por dar consistencia a su amor, a sus frutos connaturales, a su progenie, a los bienes materiales y espirituales que de ellos emanen, se ponen en entredicho.



2. La Economía Familiar:

Por ello, la familia matrimonial ha de ocupar un espacio concreto de libre acceso y operación: su hogar[4], en el que se ha de promover habitualmente el desarrollo integral de sus miembros. Partiendo de su realidad material, el hogar familiar ha de consolidarse como un ente autónomo e interdependiente, como un “refugio” doméstico, posibilitado para hacer frente a las contingencias temporales y pasajeras del entorno inmediato[5], desde hambrunas, pasando por guerras o crisis pandémicas. En ese sentido, el hogar familiar ha de mantener operativamente sus funciones básicas de supervivencia, como son el acogimiento, la restauración, la alimentación y cubijo de sus integrantes[6]. Sin embargo, dichas funciones se articulan correctamente cuando el hogar goza armónicamente de su segunda responsabilidad: la economía familiar[7], sustentada en la propiedad, el trabajo productivo y el salario justo. Dichos elementos han de garantizar a los miembros del hogar el libre acceso la educación y a la participación cívica, así como a bienes y servicios adecuados para su florecimiento integral. El entorno sociopolítico ha de acoger dicho florecimiento, independientemente su orientación liberal o conservadora[8], pues la supervivencia de la nueva prole depende ello[9].


3. La Determinación de la Fecundidad:

Al mismo tiempo, la familia matrimonial encuentra un profundo significado a sus esfuerzos económicos, en sentido amplio, al momento de plantearse en serio la posibilidad de la paternidad y la maternidad, enraizada en su entrega sexual, la cual revela su tercera responsabilidad: la determinación de la fecundidad[10]. Es sabido que muy diversas culturas han dado al matrimonio un cierto carácter institucional, con profundo sentido ritual y religioso,[11] apuntalando hacia lo permanente y estable, expresando su más grande potestad civizatoria: la libre posibilidad de tener hijos y educarlos[12]. En ese sentido, los padres de familia han de asumir la vida del hijo o los hijos que ellos deseen tener, acompañada de la posibilidad de unir a dos familias distintas, generando una codependencia y corresponsabilidad en el cuidado y la educación de las nuevas generaciones, desde una óptica intergeneracional e intrafamiliar. Dicho de otro modo: ¿Quién cuidará del hijo? ¿Quién se encargará de administrar los frutos del trabajo productivo entre aquellos que no son aptos de autogestionarse? Las relaciones de parentesco, lo propio de la paternidad y la maternidad, generan funciones irrenunciables a fin de sanar, educar, y proteger principalmente (aunque no exclusivamente) a sus propios hijos, de tal modo que éstos aspiren con el tiempo a encargarse de su propia vida, para luego aspirar a formar sus propias familias, acompañados de la sabiduría de su tradición familiar. La aceptación de estas funciones es encomendada de generación en generación, siendo cada hijo el “continente” de cierto repositorio cultural, confiado por sus padres y por sus abuelos, tíos y primos, con vistas que éste sea asumido, retado y, posiblemente con el tiempo, mejorado. Este repositorio cultural ha de recordar a los hijos la responsabilidad que ellos mismos han de asumir al momento que engendrar y educar, cuando llegue el momento, a sus propios hijos[13].


4. La Educación de los Hijos:

Asimismo, la familia matrimonial que aspira a vivir en un hogar “funcional” no podrá prescindir de una cierta estructura de gobierno doméstico. Ésta ha de operar de modo simple desde la autoridad de los padres y de su interés compartido por asumir la cuarta responsabilidad: la educación de los hijos. El orden social y cívico, así como el resto de las fidelidades societarias e institucionales, se han de subordinar a la mediación de esta estructura familiar y doméstica, la cual ostenta la obligación y la potestad natural de transmitir a sus miembros la espiritualidad habitual de su propia familia; las costumbres y el folklore que allí se viven; las habilidades prácticas necesarias para transmitir su mismo modo de vivir a su futura familia; los conocimientos adquiridos, teóricos y prácticos, para posteriormente enfrentar los retos de la sociedad comercial y móvil. Otras instancias intermediarias, por ejemplo, los colegios, guarderías, centros de estimulación temprana, hospitales, e incluso la universidad, pueden ser exitosas en la medida que son subcontratadas por las mismas familias (pero no de modo obligatorio o permanente) para complementar el desarrollo de sus hijos, pero nunca podrán ser un sustituto de dicho espíritu[14]. La educación de los hijos, sólidamente fundamentada y asumida, encuentra su vértice en el hogar familiar, en el que los padres transmiten a la siguiente generación su visión de la vida, sus valores, sus virtudes y sus habilidades.


5. El Cuidado de sus Miembros:

Finalmente, la familia matrimonial establece, de modo más externo, una quinta responsabilidad: el cuidado de sus miembros, quienes pueden ser considerados extra-domésticos. Como ya se ha dicho, padres y madres de familia ofrecen la función cívica de engendran y educar nuevos miembros de una misma comunidad, es decir de un entorno habitual concreto. En él, los miembros de la misma familia aspirarán en su conjunto a ser humanizados (y humanizar) desde sus propios hogares, escuelas, centros de recreación, universidad, empresas, iglesias, entre otras cosas. En efecto, parte del proceso de educación del infante implica necesariamente ser miembro activo, en sentido análogo, de una comunidad, una etnia, una nación, de un pueblo con pasado propio, con historiografías compartidas. Es de esperar que aquellos infantes que sean criados en todos estos estratos socio-familiares de modo armónico tenderán a ser más saludables, más capaces, más trabajadores y honestos, más dados a la cooperación. Adquirirán las habilidades prácticas y sus respectivos conocimientos con un fuerte sentido comunitario, siendo menos propensos a la violencia, al abuso y a comportamientos autodestructivos. Como tal, cada familia representará la renovación de su propia comunidad, a través de la promesa que conlleva la procreación de nuevos miembros responsables de la misma. Quizás esta sea la razón por la cual toda sociedad sana ha de invertir lo suficiente (tiempo, talento, recurso) en cada “ceremonia de paso”, según edad y según sexo, en cada etapa de la madurez del infante. El mismo matrimonio como ceremonia civil (y religiosa) es un claro símbolo de esta necesidad de mantener la unidad de la comunidad.[15]

[1] Wojtyla, K.: Amor y responsabilidad. Pamplona: EUNSA, 2021, pp. 57-87; Scola, A.: The nuptial mystery. Cambridge: Eerdmans, 2005, p. 44. [2] Hurtado, R.: Reflexiones sobre el trabajo en el hogar y la vida familiar. Pamplona: EUNSA, 2006, pp. 58-63. [3] Wojtyla, K.: Amor y responsabilidad…, p. 55. [4] Chesterton, G. K.: La cosa y otros artículos de Fe. Sevilla: Espuela de Plata, 2010, p. 202. [5] Véase Alvira, R.: “The truth about poverty and wealth. Reflexions on the centrality of the natural family in economics and politics;” en Hurtado R. & Galindo F. (cords.): A Stand for the Home. Reflexions on the natural family and domestic life. Pamplona: EUNSA, 2019, pp. 55-73. [6]Marcos A. & Bertolaso, M.: “What is a home? On the intrinsic nature of a home;” en Argandoña, A. (dir.): The Home. Multidisciplinary reflections. Cheltenham: Elgar, 2018, pp. 35-56. [7] Véase Hurtado, R.: “El trabajo doméstico: de la Rerum Novarum a la Amoris Laetitia;” en Metafísica y Persona, n. 22, 2019, pp. 61-81. [8] Véase Robertson, B.: Forced labour. What´s wrong with balancing work and Family. Callas: Spence, 2002, pp. 89-100; Carlson, A.: “Family, economy, and distributism;” en Communio, n. 37, 2010, pp. 634-642. [9]Véase Carlson, A.: Family questions. Reflections on the American Social Crisis. New Brunswick: Transaction, 1990, pp. 109-125. [10]Wojtyla, K.: Amor y responsabilidad…, pp. 57-87; Scola, A.: The nuptial mystery. Cambridge: Eerdmans, 2005, p. 44. [11]Zimmerman, C. C.: Family and civilization…, pp. 257-260. [12] Hurtado, R.: Reflexiones sobre el trabajo en el hogar y la vida familiar. Pamplona: EUNSA, 2006, pp. 58-63. [13] Pérez-Soba, J. J.: “El misterio del amor según Karol Wojtyla;” en Burgos, J. M. (ed.): La Filosofía Personalista de Karol Wojtyla. Madrid: Palabra, 2007, pp. 85-86. [14] Véase Robertson, B. C.: Day care deception. What the child care establishment isn´t telling us. San Francisco: Encounter, 2003. [15] Véase Wojtyla, K.: “La propedéutica del sacramento del matrimonio;” en El Don del Amor. Madrid: Palabra, 2003, pp. 101-127.




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