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Proyecto VAC

Actualizado: 12 sept 2021

Estamos viviendo un hito histórico, un lapso de tiempo en donde el mundo pareció unirse en uno solo, con una preocupación común ¿cómo sobrevivir ante un potencial contagio sobre un virus recién descubierto?...


Y la solución planteada es sencilla y a la vez que sencilla compleja: lavarse las manos varias veces al día, estar tomando agua cada quince minutos y aislarse en sus hogares.

En un mundo ensordecido por la diosa dinero y por la diosa placer, donde para mantener el nivel de consumismo y el costo ecológico y social del ‘desarrollo de los pueblos’ nos veíamos ‘forzados’ precisamente a salir de casa, donde se nos daban cincuenta mil razones para salir expelidos de lo propio; de pronto, como si pusieran el freno de mano en un carro deportivo que iba a sesenta kms por hora, nos vimos obligados ‘a encerrarnos’, con todos los coletazos que la analogía propone. Cerrar negocios, buscar opciones alternativas, instalar ‘home office’ para los miembros de todas edades de cada unidad familiar. Y todo eso nos retó a enfrentarnos cara a cara con la gente que más nos quiere y a la que más queremos, pero con la que convivíamos poco.


Para agravar el panorama esta catarsis se da en el ambiente un clima de histeria colectiva, infinidad de remedios caseros, una preocupante negación de la realidad o con la paradójica sensación de ser un héroe con la suficiente fuerza para no salir contagiados. También con suficiente abundancia y confusión de información, como para no percibir de fondo que no es enfermedad de ricos, ni de pobres, QUE ES DE TODOS, y que en la medida en que no obedezcamos, no sólo nos ponemos en riesgo, sino que ponemos en riesgo a otros. De pronto se hicieron a un lado ideologías, credos, preferencias. Todos sujetos a las mismas circunstancias.


De pronto, cada quien fue comprometido a voltear hacia lo que es su primera responsabilidad; su casa y los suyos. Y hay que reconocerlo, habíamos delegado a distintas instituciones la educación, la formación, la compañía y el desarrollo de los que más amamos; habíamos cedido espacios íntimos de convivencia a las telepantallas y éramos analfabetas emocionales, incapaces de querernos y dejarnos querer y siendo con ello eficaces para incluso de autodestruirnos. Estábamos adormecidos en una masa informe que bailaba al son que la ligereza y la cultura del descarte marcaban.


Pero el mundo paró, y paramos todos. Todo adquirió su verdadero valor. La supervivencia se convirtió en prioridad y el hogar en trinchera.

Al margen de que hay gente que no ha sido muy prolija en sujeción de normas comunes, una buena parte de la sociedad quedamos enclaustrados en nuestras cuatro paredes y a ese segmento, nos está atacando ‘el síndrome del encerramiento’; y es esa sensación extraña de tener mucho qué hacer, pero sentir que no hacemos nada por estar en la casa, y pensar al inicio del día que tenemos mucho tiempo, y al mismo darnos cuenta al final del día que no nos alcanzó para nada y entonces tener la percepción de que estamos perdiendo el tiempo. Así, aunque parezca trabalenguas.

No tenemos mayor percepción de un trabajo bien hecho, una entrevista bien realizada, una acertada venta o cualquier otra satisfacción que el trabajo laboral suele conllevar. Entonces va uno a lavarse las manos por quincuagésima vez – hasta los codos – y al verse en el espejo, desaliñado y demacrado se dice a sí mismo: creo que me estoy volviendo loco. Todo esto por supuesto empeora al tiempo en que llegamos a nuestra cama a dormir, una vez que hemos sido para nuestra propia familia y sin instrucción previa, maestros, instructores, cuidadores, consejeros espirituales, terapeutas y dictadores, entre otras profesiones, y donde acabamos pensando en serio ¿cómo fue que nos cansamos tanto?


Al mismo tiempo que vemos mermar nuestros exiguos ahorros, dado que los gastos son fuertes y los ingresos pequeños, sobreabundan por WhatsApp mensajes de talleres creativos, opciones para vivir un horario en casa, sugerencias para entrar a bibliotecas virtuales gratis, incluso para asistir a la Opera. Infinidad de consejos para ‘sobrevivir’ como si en lugar de estar en nuestras casas, nos encontráramos en combate. Y es que sí lo estamos, pero en combate contra nosotros mismos y en contra el modo de vida que habíamos adquirido.


El hogar es el lugar donde nos encontramos desprovistos de caretas. Es nuestro charco, el lugar a donde volvemos después de haber guerreado. El sitio donde nos sentimos cómodos, donde no pretendemos quedar bien con nadie, donde descansamos. Por lo menos debería de serlo. ¿Y qué sucede cuando nos sentimos un tanto extraños por tener ‘tanto tiempo’ en nuestra propia casa?


De la infinidad de invitaciones que hemos recibido por todos los medios para salir airosos de esta ‘prueba’ de estar en estado de confinamiento, la propuesta de hoy es enfocarnos en VIVE, AVANZA Y CRECE PARA ADENTRO. Vamos adelante con el proyecto VAC.


VIVE

Si salimos de esta contingencia sanitaria para no cambiar nada de nuestra vida, hemos fracasado como sociedad. Tenemos que aferrarnos al presente. Demasiado futuro genera angustia, demasiado pasado genera depresión. No se puede conducir un automóvil mirando por el retrovisor. Es imposible. Deja de dar tanta importancia a tus heridas del pasado, todos tenemos un buen bagaje de ellas. Trabaja para superarlas y olvídate de juzgar. Aférrate al hoy.


Amanece pensando que hoy es un día distinto, aunque no puedas salir de tu casa, porque quien lo hará distinto serás tú. Disfruta de tu cama, de que tienes músculos y un sistema nervioso que te permite levantarte, un baño para asearte, ropa que ponerte, pies para calzarlos. Ayuda mucho tener un horario y una rutina determinada. Levántate a la misma hora, porque ahora no te vestirás para nadie externo, no habrá necesidad de simular con bolsos de imitación ni marcas compradas en outlets porque te arreglarás para ti y para las personas que más te importan y a ellas no les importan las marcas. La dignidad implica compostura. La educación, la gratitud y el perdón, pertenecen a quien los otorga, no a quien los recibe. Conviértete en una dama o en un caballero que, aunque esté solo coma como si lo estuvieran filmando, porque se ve a sí mismo y sabe que se merece todo lo mejor.


Abraza a quien amas, busca un espacio para agradecerles que están contigo, para pedirles perdón por haberlos ignorado aún estando presente, por haber preferido otras cosas en lugar de escucharlos. Haz un desayuno delicioso como si fueras a recibir en casa al jefe de tu jefe. Saca las copas y los manteles largos. Disfruta lo que tienes y deja de pensar en lo que te falta. Saborea el hoy y no te angusties tanto por el mañana.

En esta fase juega un papel indispensable la imaginación, herramienta que es como un cuchillo de doble filo que corta por ambos lados. La imaginación, como decía Teresa la Grande, es la loca de la casa. Si la dejas andar desnuda por ahí te inundará con pensamientos negativos y desastrosos. Pero si la enfocas en el parámetro del hoy, del sólo por hoy como los alcohólicos anónimos, te brindará noblemente la creatividad para reinventarte, aunque tu panorama no cambie, o de hecho empeore. Te ayudará a divertir a tus hijos con una caja, con una cuerda, con lo más sencillo.


Ya lo explicó Viktor Frankl magistralmente en su obra, ‘El hombre en busca de sentido’, en la que describe que si no puedo cambiar la realidad, puedo al menos cambiar la forma en que vivo esa realidad y cómo el hecho de cambiar de perspectiva lo cambia todo. Puedes volver a ver la película de ‘La Vida es Bella’ de Roberto Bellini.

Qué oportunidad de oro nos presenta la vida de reinventarnos en lo cotidiano y con los que más nos importan. ¿Para qué queremos ser ‘candil de la calle y oscuridad de la casa’? ¿En qué momento importó más lo que dijeran otros de nosotros que lo que pensaran los que son nuestros y nos aman?


AVANZA

Esta situación de incertidumbre generó en todos nosotros primero miedo y las conductas asociadas al mismo. Se revelaron nuestras formas de convivencia más primitivas en actitudes como ‘yo voy primero’, ‘no pasa nada’ o ‘compras de pánico’, un tanto absurdas por cierto, porque incluso fue motivo de estudio de algunos psicólogos por qué la gente agotó el papel sanitario ante la sensación de inseguridad de un virus que genera catarro y no diarrea.


Poco a poco lo ideal es que vayamos progresando hacia una zona de aprendizaje, donde he de comenzar a percibir que no tengo el control y tampoco pasa nada porque no lo tenga, donde empiezo a discernir qué chats contestar y cuáles no, donde empiezo a identificar ambientes tóxicos y también el hecho de que todos estamos igual de desesperados. La comprensión y empatía llaman a la puerta. Empiezo gradualmente a pensar en los agentes sanitarios, en la gente que muere sola y en que ahora sí que tanta gente muriendo y sufriendo en el mundo y yo quejándome porque tengo una casa y no puedo salir de ella y esa es mi mayor agonía.


La propia situación personal puede agravar esta situación. No es lo mismo estar en casa solo como hongo raro, que estar acompañado y no es lo mismo estar acompañado de jóvenes adolescentes que de niños en edad preescolar. Cada uno tenderá a pensar que su situación es más agravante que la de otros porque recordemos que el jardín ajeno siempre lo vemos más verde. Lo importante aquí es que la que tengo es MI situación, la que tengo y la que amo. De hecho por la que vivo. Más me vale comprenderla y abrazarla que negarme y tener una actitud poco proactiva. De otra manera yo mismo me haré la vida imposible.

Pero para realmente cambiarnos, para capitalizar el tiempo y esfuerzo invertidos en esta aventura se hace indispensable avanzar a una zona de crecimiento. Sí, allí donde le encuentro un propósito a todo esto. Donde pienso en los demás y busco en cómo hacerles la vida agradable. Allí donde agradezco. Allí donde trato de hacerle la vida agradable a los demás. Allí donde aprovecho el tiempo de convivencia para limar asperezas, para compartir sueños, para despejar miedos; y por qué no, para abrazar, para amar más. Allí donde me pongo sólo un propósito al día: mantenernos vivos; y subordino todas las perfecciones anheladas al hecho de que los miembros de mi familia se sientan amados.


Amar ensancha el corazón, aumenta la capacidad de ser felices. Hoy más que nunca nos damos cuenta que la felicidad no está en las cosas. Todo esto podría parecer una broma mal gastada que nos ha obligado a volver a las dos realidades que más sentido le otorgan a nuestra vida; nuestra familia y nuestro sistema de creencias. Parece ser un mensaje mágico que nos despierte del letargo.


El sistema económico y social está sometido a prueba y su futuro depende de cómo hayamos salido fortalecidos. No podemos volver a reinsertarnos en la sociedad como si no hubiésemos sido testigos de este retador episodio. Tenemos que volver como los cultos que vuelven de un viaje, que han vuelto enriquecidos y renovados, y no como el turista frívolo e ignorante, que sólo se sacó fotos para presumir, y no capitalizó la epopeya vivida. Avanza. Exígete más. Pregúntate a diario ¿Tengo hoy una mejor actitud que ayer?


CRECER PARA ADENTRO

Abrazar la realidad siempre es beneficioso. Nos evita el punto ciego a decir de Daniel Goleman en su libro ‘La psicología del autoengaño’. Nos ubica en un punto de partida certero. Este soy yo, con esta cara, con este cuerpo, con esta casa, con esta familia y sobre todo, en este país, con este gobierno, con este maravilloso pueblo y con estas circunstancias. En un entorno que quizá no directamente generé pero que ahora padezco, del que ahora soy parte.


Se abre entonces la maravillosa posibilidad de preguntarme ¿soy feliz como venía viviendo? Es momento de recordar los sueños de juventud y preguntarnos si estamos caminando hacia ellos o por el contrario, de ubicar en qué momento perdimos la brújula y nos convertimos en lo que no queríamos.


Numerosas ordenanzas en todo tipo de religiones, e incluso propuestas ateas como la que hizo hace más de una década Lou Marinoff en su libro ‘Más Platón menos Prozac’ nos recomiendan la meditación o contemplación, el nombre es lo de menos. El hecho es procurar al menos diez minutos diarios de reflexión, de introspección e incluso de pautas de respiración que me fuercen a detenerme, a hacer un espacio para pensar, para estar solo conmigo mismo. Insisto, pareciera que la naturaleza hoy me preguntara ¿a dónde ibas con tanta prisa? ¿por qué en momentos dejabas de ser tú?


El enorme reto entonces es crecer para adentro. Si aparentar y encajar en distintos estratos ha dejado de ser importante, si sé que al final de todo lo único importante es en lo que yo me haya convertido ¿no será momento de trabajar en el edificio de mi propia mejora personal? De preguntarme ¿qué necesito hacer para ser menos indiferente, menos déspota, más empático? ¿Cómo hago para salir de mi mismo y de mis quejas y de la cortedad de mi egoísmo?


Y también cuestionarme qué parte he hecho y sobre todo cuál he dejado de hacer para que la sociedad padezca estos niveles de desigualdad, de corrupción, de olvido, de explotación. ¿por qué me ha dejado de doler la situación de quienes más padecen y en qué momento pensé remotamente que los demás no son mi responsabilidad.


Un crecer para adentro que proporcione el efecto resorte que me ayude a ser agente de cambio, promotor del desarrollo al salir nuevamente a la calle, para que la sociedad salga ganando al tener en mí un líder que sume y no que reste. Que asuma en toda su hondura aquellas palabras de Alejandro Magno: “De la conducta de cada uno, depende el destino de todos“. Hoy es momento de demostrar de qué estamos hechos, de cartón desechable o de roble que acuna vino de la mejor calidad, de sacar la casta y demostrarle al mundo quien es México y por qué cada vez que ha caído se ha vuelto a levantar y de hacerlo desde la célula de mi propio hogar, haciendo más llevadera la vida a quienes tengo más cerca; allí, donde se educan los ciudadanos que habitan pueblos que no depende de sus gobernantes para ser solidarios y fuertes. Que Viva México en tu corazón y en el mío, para sonreír y hacer de mi propia historia la mejor versión de mí mismo, como un héroe moderno que se cae porque es débil, pero que se levanta porque es fuerte. “Un soldado en cada hijo te dio” y ese soldado somos tú y yo ¿Te animas?


Susana Ochoa de Rojas

Profesora Investigadora - Instituto Panamericano de Ciencias para la Familia

Universidad Panamericana, Guadalajara

Un extracto de este artículo fue publicado en 'La crónica de Jalisco' el viernes 27 de marzo de 2020.


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